Cartas al Director - El País 08-10-2006
Durante mi tierna infancia, vivida
allá entre las décadas de los cincuenta
y sesenta en un cortijo de la
sierra de Aracena, mi abuela tenía
una alacena llena de botes de ácido
bórico, que recuerdo como un
polvo blanco de aspecto escamoso.
Lo utilizaba para conservar tomates
para el invierno, para fabricar
un desinfectante suave llamado
agua boricada, para lavarse los
ojos y arañones y para evitar que
la leche se agriase.
En aquella pequeña habitación
estuvo oculto y atendido durante
semanas un maquis que una mañana
de niebla apareció con la ingle
atravesada por el disparo de un
guardia civil. Bajo los botes blancos
durmió, comió, compartió conversaciones
miedosas con mi abuelo
y, para distraerse, recuerdo que
confeccionó con letra de calígrafo
etiquetas para los frascos. El maquis
era, por supuesto, un malvado
y revolucionario comunista desestabilizador,
y un día, ya medio
curado, pudo levantarse del camastro
bajo los botes de ácido bórico
y se marchó de noche abrazando a
todo el mundo.
Hoy día, recordando todo esto
tras leer la prensa y oír la radio, y
que tenía injustamente olvidado,
me he sentido obligado a contarlo
para demostrar a quien proceda
que la relación entre el terrorismo
y el ácido bórico viene de muy lejos.
Antonio Santos Barranca.
Valencia.
0 comentarios