Jardín
Me voy a meter en un buen jardín.
Pero en el fondo me gusta el jardinero.
Pienso que la reflexión estaba fuera de contexto.
Pienso que el contexto era este.
Muchas gracias señor Presidente.
Señoras y Señores diputados:
Me corresponde establecer la posición de mi Grupo en torno a la investidura del señor Rodríguez Zapatero como Presidente del Gobierno. Y a ese objetivo me voy a atener. Vengo a fijar la posición de nuestro partido, a quien el respaldo de más de diez millones de nuestros compatriotas le otorga la responsabilidad principal de control del Gobierno, en torno a los puntos que el candidato ha desarrollado, el programa de Gobierno que ha presentado y las ofertas de acuerdo que ha formulado.
Para disipar las dudas cuanto antes, adelanto ya que nuestro voto será negativo. Nos opondremos a la investidura del candidato.
Ni las iniciativas que hemos conocido, ni sus palabras de hoy, nos permiten otra actitud.
Si he de ser sincero, Señorías, no sé bien cómo interpretar el discurso de esta mañana.
Por una parte, el señor Rodríguez Zapatero parece arrepentido de alguno de sus errores en la pasada legislatura y dispuesto a la enmienda, pero por otro lado muestra una inquietante obstinación en continuar por la misma senda y repetir parecidas equivocaciones.
Tal vez no he sido capaz de captar todas las sutilezas del discurso, pero bien pudiera ser que su señoría se haya mostrado deliberadamente oscuro e impreciso.
Ha planteado usted dos asuntos a los que quiero prestar una atención especial:
Me refiero a su proyecto político para esta Legislatura y a sus propuestas de acuerdo.
En cuanto a su programa político, permítame que le diga con todo respeto pero con la necesaria franqueza que siento una profunda desconfianza y que su discurso de esta mañana no me ayuda a corregirla.
¿Por qué?
Por tres motivos: Su pasado, el crédito que podemos otorgarle a su palabra y el análisis que su Señoría nos ha hecho de la situación.
Usted no es nuevo, viene con un pasado, ya le conocemos.
Le hemos visto gobernar durante cuatro años en los que, como le he repetido muchas veces, se ha ocupado de todo menos de lo más importante. Esas son sus credenciales. ¿Por qué hemos de pensar que ahora las cosas serán de otra manera?
Al menos, concédame que, para creer que algo pueda cambiar, espere a que los hechos lo demuestren.
De momento, no contamos más que con sus palabras de esta mañana. ¿Qué valor podemos darles?
¿Qué nos dijo en su discurso de investidura de hace cuatro años? Citaré sólo dos ejemplos:
° Dijo de manera enfática y rotunda, que no aumentaría la presión fiscal. ¿Qué hizo? Aumentarla. Y aumentarla hasta tal nivel que le ha costado -de media- a cada familia española 5.604 euros en ese período, casi un millón de las antiguas pesetas.
° ¿Qué nos dijo de sus tratos con ETA? NADA. ¡Ni los mencionó!
Es decir, Señoría que, si hemos de juzgarlo por su primer discurso de investidura, es perfectamente posible que usted prometa una cosa para hacer la contraria; es muy posible: ha ocurrido.
Y también es posible que se guarde en el bolsillo cosas que piensa hacer y prefiere no anunciarlas. También es muy posible, también ha ocurrido.
Valore usted mismo, con estos precedentes, qué crédito tengo que dar a sus palabras de esta mañana.
Está escrito: Por sus obras los conoceréis. Nos atendremos a esta máxima y estaremos atentos a sus actuaciones y a las de su Gobierno.
Con todo, Señoría, lo que suscita más desconfianza es el análisis de la situación que ha hecho usted esta mañana.
Me ha dejado usted la impresión de que sigue sin preocuparse adecuadamente de aquellos problemas que más inquietan a los ciudadanos y que exigen una actuación inmediata del Gobierno.
Parece más preocupado por disimular la gravedad de la situación que por aplicar los remedios adecuados. Le cuesta reconocer que los problemas existen. Pero, Señoría, si no los reconoce, y si no los reconoce en toda su gravedad, ¿cómo podemos confiar en que los remedie?
Por ejemplo, ¿qué ocurre con la economía?
Esta mañana ha dedicado buena parte de su exposición a referirse a ella. Le ha dedicado tiempo, eso es verdad, pero le ha faltado rigor, tanto en el diagnóstico como en las soluciones.
Ya no estamos en campaña electoral, señor Rodríguez Zapatero. Ahora puede usted decir la verdad. ¿Qué teme? Yo, desde luego, no le voy a llamar antipatriota por ello.
Se ha pasado cuatro años diciéndonos que éramos la admiración del mundo y los campeones de la Champions´ League.
Durante toda la campaña electoral, pese a que ya no se podían ocultar ni el incremento de los precios ni el aumento en el número de parados, por poner sólo dos ejemplos, no ha dejado de decir a los españoles que las cosas no podían estar mejor.
¿Qué es lo que nos dice hoy? Que existe alguna dificultad pero que no es grave, que estamos ante unas turbulencias pasajeras, que no hay que alarmarse
¿De qué nos está hablando?
¿Por qué tiene tanto miedo a la verdad?
¿Se han disparado los precios en España, sí o no? Sí.
¿Tenemos la tasa de inflación más alta de los últimos 13 años? Sí.
¿Se han encarecido los productos de primera necesidad? Sí. Han duplicado e incluso triplicado la cifra de inflación.
¿Se ha reducido la competitividad de la economía española en los últimos años? Sí. Hemos perdido un quince por ciento de nuestra cuota de mercado internacional.
¿Lo ha reconocido usted en algún momento? No.
En diciembre, con lo que ya estaba cayendo, dijo usted que los precios empezarían a bajar con el comienzo del año. Bien es cierto que no precisó el año. Desde luego, ya le aseguro yo que no es 2008.
¿Qué pasa con los salarios? Muy sencillo: que están subiendo por debajo de los precios.
¿Es cierto que la mayoría de las familias españolas tienen cada vez más dificultades para llegar a final de mes? Sí.
¿Han subido los tipos de interés? Desgraciadamente sí. El Euribor, que es el que más importa a las familias españolas que pagan hipotecas, no ha querido hacer caso de las predicciones de su Señoría y ha crecido más del doble de lo que representaba en 2004.
¿Qué podemos decir de ese crecimiento del PIB que ha sido la gran baza de su discurso económico en estos años? Lo que podemos decir es desalentador: que ha iniciado una cuesta abajo y que resulta difícil saber cuándo y dónde se detendrá.
Las previsiones de su Señoría eran que en 2008 creceríamos al 3,3%. Sobre esa base se hicieron los Presupuestos Generales del Estado. En diciembre reconocieron ya que no pasaríamos del 3,1. Ahora, el Banco de España lo ha dejado en el 2,4. Dígame usted cómo estaremos en diciembre y qué posibilidades hay de crear empleo neto en estas condiciones.
¿Qué consuelo nos queda? ¿Estamos en mejores condiciones que otros países para afrontar esta crisis, como usted dice? No.
¿Por qué no?
Lo primero, porque el déficit de nuestro sector exterior nos exige demandar fuera una inyección de liquidez de unos nueve mil millones de euros al mes para mantener nuestros niveles de inversión y consumo. Excuso decirle que con la que está cayendo esa tarea se presenta cada vez más complicada.
Lo segundo, porque la brusca y profunda crisis de la construcción, sector en el que las suspensiones de pagos aumentan de manera preocupante, se traslada de forma directa e igualmente brusca al empleo.
Desde junio, son más de 100.000 las personas del sector de la construcción que se han incorporado a la lista de parados, sin contar los que ustedes alojan en ese limbo de demandantes de servicios previos al empleo.
Fíjese si en esta materia, la del incremento del paro, estamos mejor o peor que otros países comunitarios: en los últimos doce meses de los que tenemos información homologable la tasa de desempleo descendió en la zona Euro del 7,6 al 7,1%; en España, en cambio, subió del 8,1 al 9%.
No somos más fuertes, Señoría. Somos más vulnerables.
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